domingo 20 de septiembre de 2009
viernes 28 de agosto de 2009
lunes 24 de agosto de 2009
jueves 28 de mayo de 2009
EL OCASO DE UN IMPERIO
¿Debemos seguir considerando a la pirámide invertida como la base de redacción en el periodismo de nuestros días? Definitivamente no y he aquí por qué.
Hagamos un poco de memoria. El nacimiento del formato al que hoy dedico estas líneas se consagró durante la guerra de Secesión norteamericana hace siglo y medio. Según cuenta el periodista español Martínez Albertos, durante este conflicto, los periodistas debían enviar sus informes a través del telégrafo, “así que lo operadores de dicho instrumento, para facilitar que todos los corresponsales pudieran enviar sus crónicas, propusieron la realización de una rueda de informadores que consistía en que cada periodista podía dictar sólo un párrafo de su crónica que, generalmente, debía ser el más importante. Al acabar el turno de todos, se iniciaba otra rueda con el dictado del segundo párrafo y así hasta el final”, ya que las líneas solían saturarse y más valía que en la redacción ya tuviesen la ‘pepa’ de lo acontecido.
Y claro, para poder resumir en un párrafo lo más trascendente se debía responder a cinco preguntas base: quién, qué, cuándo, dónde y por qué. Las cinco W’s por sus iniciales en inglés, aunque hay autores que incluyen a esta lista una sexta pregunta: cómo. Hasta aquí todo conforme, su invención se asienta en una necesidad de practicidad.
Sobredosis de TV
No hay duda que todo lector, acostumbrado tanto al medio impreso como al digital, busca actualidad al informarse pero esto no significa darle de un sopapo todo el contenido en las cinco primeras líneas. Y es que el periodista no es un simple ‘volcador’ de información, alguien que hace un remedo de lo obtenido por alguna agencia o fuente, puesto que, sin importar su especialidad (político, de sociedad, cultural, etc.), el periodista es (o debe ser) una persona culta, con intereses arraigados en otras expresiones como la literatura, el cine, la historia, la sociología, etc. Además, y aunque algunos se nieguen a reconocerlo, el periodista es un escritor nato, no un literato, ¡ojo!, sino un escritor que muere por interpretar y describir al mundo a través de su perspectiva, utilizando su propia técnica narrativa. Por ello, la pirámide invertida estandariza, de cierta manera, los textos.
Por ejemplo, al buscar una noticia en Internet, basta con entrar a dos portales para enterarse de lo sucedido, basta con leer la entrada de una nota para darse por enterado e inmediatamente abandonar el sitio web. Pareciese que los lectores digitales se han acostumbrado a ese rutinario proceso, lo que ha conllevado a que su conocimiento sobre un tema sea superficial. Bien comenta Martínez Albertos sobre la ironía de que siendo Internet el medio con mayor capacidad informativa se le dedique tres veces menos tiempo que al leer un medio impreso.
Y es que al lector hay que atraparlo con la redacción de una buena historia que no sólo ha de volverse sustanciosa por la historia o contenido en sí sino por la manera en que serán escritas, dotándolas así de calidad.
Recordemos además, que en la mayoría de los casos, la noticia ya ha sido escuchada por radio y vista en televisión, la cual, obviamente cuenta con más apoyos sensoriales. Por eso, al ser escrita, debe estar dotada por algo más que las respuestas a las cinco (o seis) preguntas base de la pirámide invertida, ya que se debe alimentar la imaginación del lector, debemos lograr que sea capaz de formar imágenes en su mente. De no ser así, la televisión terminará por acaparar a nuestros lectores.
Corte y... no queda
Preocupa también que el hecho que el periodista, como bien nos lo recuerda Tomas Eloy Martínez, deba estar supeditado a ser mutilado, casi siempre bajo la excusa de la “falta de espacio”, léase publicidad en muchas ocasiones. A los profesores de la materia les encanta regocijarse afirmando que son ellos quienes pagan nuestros sueldos, y aunque tal vez ello sea innegable, lo que debería estar de antemano limitado es el espacio de la publicidad, de esta manera se contaría exactamente con cuántas páginas, espacio o caracteres cuenta el periodista para explayarse. Pero ya hace 10 años que Kapuscinski avizoraba que quienes manejaban los medios de comunicación no eran dinosaurios del periodismo con años de experiencia a cuestas, sino hombres de negocios que habían descubierto que cuanto más espectacular es la información, más pueden ganar con ella.
Concha Fagoaga nos cuenta que entre los periodistas norteamericanos existe un peyorativo término, el de stenographic reporting, que se refiere al trabajo de aquellos periodistas que se limitan a describir y repetir declaraciones. Es que nuestro trabajo, sea cual sea el medio en el que publiquemos, no sólo debe limitarse describir sino también a analizar y razonar por más que se trate de “notas informativas”, formato que pareciese automatizara a los periodistas e incluso coaccionara su libertad de expresión entendida ésta no como censura sino como la imposibilidad de expresar todo el conocimiento que guardamos, para los lectores, sobre un hecho.
Sin afán de menoscabar el trabajo de nadie, sea por estas razones que se extrañan escritos periodísticos como con los que alguna vez nos deleitaron periodistas como Manuel Ascencio Segura, Carlos Thorne, Julio Ramón Ribeyro, Javier Sologuren, Jorge Salazar o Paco Bendezú. Y es que como bien dice Ramón Salaverría, “la mejor noticia periodística es aquella escrita de tal forma que nada puede ser cortado sin que con ello se pierda algo vital para el desarrollo del historia.” ¿O alguien cree que Mario Vargas Llosa va a dejar cercenar su texto por espacio publicitario o empezar siempre respondiendo a las 5 W’s?
Bibliografía:
- Manual de redacción ciberperiodística: José Luis Martínez Albertos
- Los estilos y géneros del periodismo escrito: Ramón Salaverría
- Redacción periodística en Internet: Ramón Salaverría
- Los nuevos retos del periodismo: Tomas Eloy Martínez
- Información, interpretación y opinión: Concha Fagoaga
- Los necios no sirven para este oficio: Ryszard Kapuscinski
PD: Un especial agradecimiento a Tom Waitts y su Beatiful Maladies que permitió que este texto fluya.
jueves 22 de enero de 2009
YO COMERÉ LAS CALLES NUEVAMENTE: CRÓNICA LIMEÑA DIZQUE GOURMET
Para algunos, comer en la calle y con la mano es algo inconcebible. Otros sólo lo hacen para devorar anticuchos, picarones, sánguches o canchita esperando el micro, pero de eso no pasan. Sin embargo, existe un importante número de limeños que diariamente inundan las principales arterias del centro de Lima (incluyendo taxistas) y que viven exclusivamente de la comida que los carretilleros ofrecen.
Suspiro de limeña
Estamos en la avenida de las ópticas y miles de ojos nos acosan así como vendedoras nos suplican que entremos, aunque sea, a “comparar precios, señorita”, mientras nos llenan las manos con volantes.
Novata en la zona, Haydé Pérez, se ha adaptado bastante bien al concurrido Jr. Huancavelica, pero mejor se han habituado las trabajadoras a sus mazamorras y arroces con leche en estos tres últimos meses. Creo que ella lo sabía perfectamente y por eso decidió instalarse en el cruce con Rufino Torrico. Haydé Vive con su esposo y con sus dos hijos de doce y cinco años. Se mantiene de lo que su esposo saca en un puesto de frutas en el mercado y de los cien vasitos de clásicoualianza que diariamente vende a un sol. Decidió vender mazamorras porque “es lo que mejor me sale, mis hijos siempre me lo han aplaudido”, nos dice acomodando la canela en polvo y una lata abierta de leche condensada “nesclé, que es de mejor calidad”.
Mientras terminaba de cucharear mi vasito, noté que de rato en rato se le acercaba un chico de 14 años, aproximadamente, a hablar en secreto con Haydé. Pensamos que nuestra presencia les molestaba. Pero de pronto, cuando nos disponíamos a tomarle una foto, el niño gritó “¡camión, el camión!” y corrió a ayudarla a esconder su carrito en una de las ópticas hasta que el serenazgo pasase.
Decidimos entonces acercarnos al pequeño que hacía las veces de campana, no sólo para su tía sino también para otras vendedoras informales de la zona. Su nombre es José y nos cuenta cómo ha visto muchas veces que “se levantan a la gente en peso y no les devuelven sus cosas. Encima hay que pagar 300 soles para que te las devuelvan”. Haydé agrega que no puede sacar permiso, no sólo por la falta de dinero, sino principalmente porque está prohibido vender en la calle, sólo dan permiso en determinados cruces “que ya están ocupados” y en zonas específicas como la Alameda Chabuca Granda “donde ya hay mucha competencia, pues”.
A pesar de las corridas, en los 10 minutos que estuvimos juntas vendió 8 porciones, más tres deliverys a tiendas que a grito pelado le pedían un combinado.
La niña churra
No quiere decir su edad, pero su nerviosismo y su rostro de facciones aún firmes nos delatan que Jessica Flores no debe pasar los 22 años. Tal vez por eso pone tanto énfasis y cuidado al freír sus ‘churritos especiales’ y también será por eso que antes de contestarme me mira, baja la cabeza, ahoga la risa, y sonríe grande-grande.
Ella está siempre en la misma esquina, en el cruce de la avenida Tacna con calle Ica, desde las tres de la tarde. “A esa hora recién se vende bien, no ves que la gente ya almorzó y quiere su postre pues”. Ella trae su masita lista y enrollada desde Caquetá, donde vive con su tía quien le enseñó a prepararlos y quien también vende churros cuadras más abajo, como quien se dirige a la Plaza San Martín. Jessica asegura que ella y su tía venden, individualmente, 200 churritos al día. O sea que, sin contar la inversión, saca 100 soles diarios.
- ¿Por qué vender churritos?
- Porque es lo que más da. Y me salen bien ricos porque tienen un algo que otros no tiene pues, su secretito ¿o a ti no te gustaron?
Por lo visto vendedoras modestas escasean por esta zona, pensaba mientras ella seguía afirmando sus destrezas como repostera de a china. Si bien por ahora dedica todo su día a su puesto, me revela que le encantaría estudiar gastronomía. Durante los 5 minutos que conversamos (porque a pesar de ser un solo de sonrisas engullidas es, sobre todo, chuncha) vendió 4 churritos.
Los huevos de oro
Lo vi merodear el Jr. Huancavelica, mientras entrevistaba a Haydé, con su hija quien iba en brazos de su esposa; pero cuando lo encontré, estaba parado, solito, pelando huevos de codorniz, en la cuadra cuatro de Emancipación.
Ricardo Roca es de Apurímac y conoció a Miriam (huancavelicana) hace cuatro años en el mercado de Sarmiento. Ella vende también huevitos de codorniz, acompañada de Rosmery, su hija de dos años, por la iglesia de las Nazarenas.
Ricardo solía vender helados Artika en verano, pero el cambio de estación lo obligó a cambiar de rubro con urgencia pues el frío de esta tesmporada no es el mejor mercado para los helados. Ingresó en el negocio hace un mes y medio gracias a unos amigos que le pasaron el dato sobre una señora que tenía criadero de codornices y que necesitaba vendedores. Aunque su verdadero plan era taxiar (ha sacado su brevete hace pocos meses), la falta de experiencia le impide poder alquilar un auto.
Vende 150 porciones al día (6 huevitos por un sol). Tiene que tratar de vender lo más que pueda ya que para que el negocio le sea rentable debe comprar los huevitos por millar, lo que significa una inversión de 100 soles. Pero dice tener planeado regresar a su pueblo, con toda su familia, a trabajar en una mina. Ojalá lo consiga, pues mientras conversábamos sólo vendió una porción: la mía.
La banda de Choclito
Alejadas de las tiendas, en la cuadra 11 del Jr. de la Unión, encontramos a Lorena y su mamá quien rotundamente se negó a salir en la foto. De las entrevistadas, son las única que poseen permiso municipal y que además están asociadas a “Asocholima: Asociación de choclitos de Lima” desde hace tres años.
Como es de suponerse, venden choclo solo (‘solveinte’), choclo con queso (‘solsetenta’) y papita con huevo (sol). “Vendemos comida por dos razones: primero porque nos dimos cuenta que en esta esquina daban permiso para casi todo; y segundo porque es algo nutritivo y mucha gente se alimenta a diario de lo que vendemos, para muchos esto es su almuerzo y su cena. También vendemos habitas, pero hoy no he traído, sábado no sale mucho”.
Aunque aseguran que los sábados hay menos ventas, generalmente venden 200 choclos al día y 100 porciones de papa con huevo. Juntas cocinan todo, incluidas las salsas de rocoto, huacatay y huancaína picante, para repartirlo entre su carretilla y la de su papá. Así, la familia ahorra 300 dólares mensuales. “Queremos comprar un puesto en la Avenida Argentina para hacer menús y crecer”.
La cuenta final de sus ventas fue 14 choclos y 6 porciones de papa gracias a un importante número de taxistas que a su lado se estacionaban. Caseritos que le dicen.
Estos cuatro personajes viven y mantienen sus familias de sus ventas de comida. A todos, el alza de precio los ha afectado por igual. Aseguran no pueden incrementar los precios ni hacer porciones más pequeñas porque simplemente ya no les compran. Pero más allá de aquellos datos que podrían producirnos cierta lástima (y que no es en absoluto el trasfondo de esta crónica), si empezamos a hacer cuentas confiando en los datos brindados, estas personas ganan mejor que uno. Llegan a sacar 100 y 150 soles diarios, lo que haciendo un poco de matemáticas se traduce entre 3000 y 4500 soles mensuales. Creo que erré de profesión.
¿Qué les provoca, dulce o salado? Comer en la calle, más específicamente, en carretilla, nada tiene de malo ni de sucio ni de dañino. Por el contrario, nos ofrece un sinfín de sabores, según el antojo, además de la ventaja de encontrar carretilleros en cada esquina. A quien ahora leen, lo probó todo, sigue viva, y gastó exactamente S/.5.70. Además puedo avalar la limpieza de cada carrito (u agachadito, si lo prefieren) y sentirme satisfecha con las generosas porciones servidas, no como las ridículas raciones que sirven en aquellos restaurantes que se jactan de ser gourmet. Hoy tratamos de reivindicar a toda esta gente que vende comida en carretilla vanamente menospreciados.
*Nota 1: Los personajes de las fotos son reales y fueron tomadas por Eliana Fry (o sea, yo).
*Nota 2: Un especial agradecimiento a Xixo por transformar el extraño formato en que se encontraban dichas fotos para poder ser colgadas en este post.
miércoles 30 de abril de 2008
PUCHEROS EN CALDO
Corre un poco de viento, es sábado y son casi las diez de la noche. Sentada frente a don Vicente me decido finalmente por el caldo de gallina.
-¿Va a quererlo con todo, señorita?
-Pero por supuesto. - respondí casi sin pensar porque aunque tenga estómago de camionero y coma de todo, no tolero ver siquiera las patas de ningún animal servidas en plato.
Don Vicente coge un pequeño recipiente, abre dos puertitas de la carreta, se arrodilla desapareciendo de mi vista, y cuando se levanta pone delante de mí el recipiente lleno de cancha serrana y otro con cebollita china y limón. De las puertitas saca también un plato-de-sopa-loza-china-mercado-central, coge el cucharón y destapa una gran olla de metal. Mientras yo rogaba que en vez de patita me pusiese más fideítos, él abría un táper, sacaba un huevo duro que puso en mi plato, salpicando caldo sobre la mesa.
Ahí estaba, por fin, el sacramentado caldo de gallina, necesario brebaje para todo el que se diga hijo de la calle, bohemio, juerguero o borracho maldito de Lima; elíxir de madrugada dominguera casi tan imprescindible como el vino de una misa que a pocas horas ha de celebrarse.
No voy a negar esperaba algo basante más grotesco de aspecto, pero el aroma que emanaba esa sopa era realmente delicioso. Y aunque ahí estaba, asomándose, aquella patita de pollo que tanto deseé no ver junto a otras menudencias, como hígado y pulmón, el caldo de gallina sabía tan bien como se veía.
Don Vicente llegó a Lima en el 66, a los nueve años, luego de haber caminado durante tres días desde ayacucho. “Allá no hacía nada, me aburría en la chacra cuidando los animales. Yo quería estudiar, yo había acabado la primaria allá, pero mi papá no podía meterme en secundaria”. Así que decidió escaparse. Ni bien pisó la capital (“era tan grandota como la imaginé”), consiguió empleo en un almacén en el Callao cargando y acomodando mercancía. Otros chicos que trabajaban con él, pues no era el único menor de edad en el almacén, lo ayudaron a matricularse en la secundaria de un colegio fiscal. Mientras estudiaba, trabajó en cientos de empleos y vivió en casi todo Lima. “Por supuesto que terminé. D’aí estudié ingeniería en un instituto que no me recuerdo su nombre, pero era convenio con la F.A.P. Pero también diseño calzado, en eso trabajé un buen tiempo y hasta viajé con la empresa que me contrató”, me cuenta mientras me ofrece un poco de ají.
-¿Y qué hace cocinando, entonces?
-Ahhh, pues, es que la señora para la que hacía los zapatos -contesta Juanita- pedía bastante detalles y fregaba con los plazos; decía que si no le entregaba el mismo día exactito que pedía, no iba a pagar.
-Además yo le cobraba 70 soles por par y después ella vendía a 150 soles, imagínese. No, no es justo eso señorita. -replica Vicente- Ahora tengo el taller paralizado. Ojalá más adelante pueda volver a abrirlo.
-¿Desde entonces cocinan?
-Noooo. Yo hago mis anticuchos hace tiempo. Vicente es el que recién se ha metido a cocinar. Y le va bien, a veces hace más clientes que yo.
-¿Cuántos calditos vende por noche, señor?
-Cerca de 25 y 30.
-Usará un par de gallinas aproximadamente...-le digo entre cucharadas.
-No niña, una y media no más. Con lo que han subido los precios... Este gobierno está hasta las patas. Y mi señora, por miedo a perder clientes, no quiere subir los precios y saque menos todos los días.
-¿Pero los fines de semanas venderás más?
-Nada señorita -me dice Juanita mientras limpia su parrilla con media cebolla- la municipalidad nos da permiso hasta las once de la noche todos los días. Si nos ve más rato nos mete multa de 1200 soles. No pues, ¿de dónde?
-¿Por qué decidió hacer del caldo de gallina su plato fuerte?
-¿Qué usted no ha escuchado eso de que es "levantamuertos"? -me repregunta, entre risas, don Vicente- Mire, aquí no más, los viernes y sábados, los del taller de al lado chupan como diablos. De ahí vienen por su caldito antes de regresar a sus casas. Además me sale rico, ¿no? Y es barato, así que por ningún lado nadies puede decir que se va a quedar con hambre.
Pero su leitmotiv real no es en absoluto filantrópico, es simplemente necesidad de supervivencia en una sociedad que ha sabido demostrarle su infidelidad a cada muestra de lealtad, trabajo, amanecidas, sudor y honradez (“eso sobre todo niña, aunque no me crea usted”) de Vicente. ¿Y quién dijo que la sra. Justicia era monógama?
miércoles 19 de marzo de 2008
LA CONTEMPORANEIDAD DE BAUDELAIRE

Ni abogado ni comerciante: poeta
París parió un 9 de abril de 1821 a uno de sus hijos más insignes: Charles Baudelaire, quien heredó de su padre, Joseph Francois, sus dotes artísticas. En 1827, cuando el poeta tenía seis años, su padre muere, dejándole una herencia monetaria que sólo podrá cobrar cuando cumpla la mayoría de edad. Este suceso calará profundamente en sus emociones, más aún si le sumamos el hecho que antes de cumplir dos años de fallecido, su madre, Caroline Archimbaut-Dufays, contrae nupcias con el comandante Jacques Aupick, quien sería luego embajador de Constantinopla. El poeta jamás estrechará vínculos con este nuevo personaje que a su vida ha ingresado. Sus estrictas maneras los alejará aún más. Se matricula en la facultad de derecho en 1840 un poco por obligación pues en todo momento manifestó sus deseos de ser poeta, pero ingresado ya a la vida universitaria comienza a frecuentar a la juventud literaria (sobre todo la del barrio latino), conoce a Honoré de Balzac, los prostíbulos, se introduce en la vida bohemia francesa, consume opio en grandes cantidades (narrará sus efectos en poemas); facetas de las que no podrá huir jamás pero que lo fascinan. Sus padres, escandalizados, lo envían en una travesía marítima que debía, supuestamente, relegarlo de su alocada juventud e introducirlo en el mundo del comercio. El viaje dura desde finales de marzo de 1841 hasta febrero de 1842. Durante el viaje Baudelaire queda fascinado con la inmortalidad del mar. Viajan hacia la India, cultura que lo atrapa, lo sensibiliza más aún y mantiene firme su consigna: quiere ser, a toda costa, poeta.
Las flores del mal
Regresa a París, alcanza la mayoría de edad, cobra la herencia dejada por su padre y compra un departamento para vivir solo al fin. Reanuda su vida bohemia, despilfarra su dinero, contrae innumerables deudas. Increíblemente será su padrastro quien lo ayude. Este pasará a administrar el dinero del poeta, entregándole una cantidad trimestral de 600 francos, suma bastante escasa que obligará a Baudelaire a publicar anónimamente artículos en diversos diarios, dedicados principalmente a la crítica artística. Frutos de estos artículos y de otros ensayos nace “Los Salones”, libro dedicado a analizar las obras de una variedad de artistas, desde Wagner hasta Manet. Durante este tiempo descubre la obra de Edgar Allan Poe y será Baudelaire quien la introducirá a Europa encargándose de su traducción por más de 17 años. También entabla amistad con Teophile Gautier (quien se convertirá es su mejor amigo) y a Poulet-Malssis. Este último editará su obra más importante: “Las flores del mal”.

¿Pero qué significancia tiene este poemario y por qué ha perdurado a través de los años? “Las flores del mal” es la esencia de la vida misma, es una advertencia que el poeta hace a sus lectores, nos dice que nada de lo que hagamos, ningún esfuerzo que emprendamos nos servirá para vivir satisfactoriamente nuestras vidas, pues al final de cuentas, no saldremos vivos de ella. El poemario consta de 6 capítulos y cada una es una vía de escape. La primera, Spleen e ideal, narra el hastío que sentimos cada vez que nos topamos con la realidad en su forma más despiadada y rigurosa pues tendemos a idealizarlo todo. Cuadros parisienses son poemas más urbanos. La ciudad es para él una especie de evasión para nuestros problemas pero que no llega a colmarlo. La siguiente salida es El vino, elixir que debería sumergirlo en una especie de falsa felicidad para hacerlo olvidar pero que sólo logra afinar sus sentidos permitiendo que vea mejor los vicios de la sociedad en la que vive. Las Flores del mal y Rebelión son una afrenta directa con aquel dios que todos aclaman pero que nunca se manifiesta. Para terminar, la única y verdadera salida, el único camino que todos tenemos en común: La Muerte.
Baudelaire fue un visionario, vio la inminente deshumanización del hombre luego de la revolución industrial, la corrupción del mundo, el zanganismo absoluto en el que el ser humano se ve envuelto, la hipocresía, cada vicio que Baudelaire planteó se ha visto incrementado en las últimas décadas. Todo cambia para seguir igual, no cree en la supuesta bondad natural del ser humano. Para él todos estamos pútridos y descompuestos. Cada bomba en el medio oriente y nuestra indiferencia, confirman el mito.





