Hoy se cumple un año del extraordinario concierto que Roger Waters brindó en nuestra ciudad.
Aunque aún parezca increíble de creerlo, el genio creativo de Pink Floyd, como así lo publicitaban (¡como si necesitase publicidad alguna!), sí pisó suelo peruano, haciendo realidad la fantasía de miles de seguidores que jamás pensaron poder escuhar en vivo a un músico de su talla.
Un concierto inolvidable pero lleno de nostalgia también. Nostalgia porque inigualables músicos como Barret se fueron para siempre; nostalgia porque Pink Floyd jamá volverá a unirse; y nostalgia porque música así nadie será capaz de volver a hacer.
Para ustedes esta crónica escrita hace un año. Que la disfruten.
El día llegó. Lunes 12 de marzo. Eran las ocho de la noche y el público que ingresaba (melómanos todos) buscaba, con escepticismo aún, sus asientos. Aún faltaba una hora para que el concierto empezase, pero las ansias y el nerviosismo (que se negaba a disiparse) se palpaban fuertemente en el ambiente.
Tres pantallas gigantes, de 15 toneladas cada una, era lo primero con lo que uno se encontraba en el escenario. En la pantalla central veíase una mesa de sala en la que había una radio, un vaso con una botella de whisky y un avión a escala. Muy inglesa la escena. De rato en rato, una mano con un cigarrillo aparecía y cambiaba de emisora, poniendo en alerta la tensión del público en general.
El reloj dio, al fin, las nueve de la noche y como buen inglés, Roger Waters, junto con sus siete músicos, apareció en escena. Sólo en ese instante supimos que lo que vivíamos en ese momento era real. Nada lo iba a estropear, ni municipalidad alguna ni decreto supremo del presidente, ni siquiera un movimiento de las placas de la tierra, pues el telúrico Roger Waters, el músico más influyente y creativo de todos los tiempos, estaba ya frente a nosotros dispuesto a regalarnos las mejores canciones de aquella mítica banda que formó hace 43 años: Pink Floyd.
Tres pantallas gigantes, de 15 toneladas cada una, era lo primero con lo que uno se encontraba en el escenario. En la pantalla central veíase una mesa de sala en la que había una radio, un vaso con una botella de whisky y un avión a escala. Muy inglesa la escena. De rato en rato, una mano con un cigarrillo aparecía y cambiaba de emisora, poniendo en alerta la tensión del público en general.
El reloj dio, al fin, las nueve de la noche y como buen inglés, Roger Waters, junto con sus siete músicos, apareció en escena. Sólo en ese instante supimos que lo que vivíamos en ese momento era real. Nada lo iba a estropear, ni municipalidad alguna ni decreto supremo del presidente, ni siquiera un movimiento de las placas de la tierra, pues el telúrico Roger Waters, el músico más influyente y creativo de todos los tiempos, estaba ya frente a nosotros dispuesto a regalarnos las mejores canciones de aquella mítica banda que formó hace 43 años: Pink Floyd.

Los primeros acordes de In the flesh luchaban por llegar a nuestros oídos a través de la ovación de las 20 mil personas que llenaban la explanada del estadio monumental, mientras que el impresionante juego de luces y fuegos artificiales en el escenario empezaban a potenciar nuestros sentidos. El repertorio del primer bloque continuó con las canciones más emblemáticas de los mejores discos de la banda entre las que pudimos escuchar la muy coreada Mother, Set the controls for the heart of the sun (la cual fue acompañada por imágenes psicodélicas y una luz cenital que alumbraba directamente al músico impregnando en él cierto misticismo), Shine on you crazy diamond y Wish you were here. Estas dos últimas canciones Waters las aprovechó para rendirle un merecido homenaje al desaparecido Syd Barret, su compañero en Pink Floyd y artícide del grupo, llenando las pantallas con imágenes suyas (además las letras de ambas canciones fueron escritas pensando en él) y cubriéndolas de velas encendidas que al final de las canciones se extinguieron. Brilla loco diamante donde quiera que estés. Para finalizar el primer bloque se soltó un inmenso cerdo volador (el cual emulaba al existente en la portada del disco Animals) lleno de pintas tales como ‘las diferencias construyen murallas’, ‘no a la discriminación, los peruanos somos iguales’, ‘stop Bush’ o ‘libres al fin’; regalándonos así un interesante modo de libertad.
Luego de 15 minutos de receso, se dio inicio al bloque más esperado del concierto. Escucharíamos completo, en vivo y de manos de su creador, uno de los discos más importantes (sino el más importante) de la historia del rock, el Dark side of the moon. Este álbum, editado en 1973, tiene en su haber más de 34 millones de copias vendidas y el Record Guinness por ser el disco que mayor permanencia tuvo en el top 200 de Billboard: 14 años y tres meses. Gracias a el nunca utilizado anteriormente en el Perú sonido cuadrofónico que los ingenieros musicales de este evento trajeron (parlantes en todos los ángulos del recinto, lo que permitía que el sonido llegase con la misma calidad a la zona VIP como a las tribunas), el palpitar del corazón con el que empieza el ya mencionado álbum y cada minucioso efecto del mismo, se convirtieran en un viaje introspectivo que luego se transformaría, permitiendo que la música emanara, no del bajo de Waters, sino de cada partícula de nuestro ser y nuestra energía. Pero al parecer, para él, todo lo ocurrido no era suficiente aún. La euforia del público no lo colmaba. Quería darnos más y nos lo dio: vimos aparecer en el aire el prisma de la inigualable portada del Dark side of the moon, símbolo inequívoco de la ambigüedad entre lo complejo y lo simple, del mundo real y de aquel mundo y aquellos viajes que sólo a través de su música podemos realizar. Y tal como él lo quiso, el público estalló en éxtasis total.
El final tenía que llegar. El tercer bloque se inició luego de millones de merecidos aplausos. Roger Waters tocó un puñado de canciones de canciones del disco The Wall en la misma secuencia que aparecen en este. Al cantar una de sus canciones más conocidas, Another brick in the wall, la cual fue acompañada por un grupo de niños del coro del colegio Cambridge, todos, hasta el que menos, cantamos con todas nuestras fuerzas. Esta vez fuimos nosotros, el público, quienes le regalamos una sonrisa al músico. Veíamos que era feliz, que no se arrepentía de tocar en nuestra alejada Lima. Roger Waters se entregó al máximo en este formidable concierto, sin duda el mejor de los último y próximos 30 años.
Phantom Music Group fue la empresa encargada de que viésemos a esta leyenda viva. Ellos se contactaron con Guillermo Malbrán, quien era responsable de las fechas que se darían en Buenos Aires, y colaboró con Phantom Group en incluir al Perú como parte de la gira mundial de Waters. Eduardo Ponce, representante de la empresa Phantom dice: "Nosotros creemos que este concierto puede cambiar la percepción de Lima como sede de conciertos internacionales. Todos los importantes de Latinoamérica y España ya pasan por Lima, pero faltan los anglos que van a Buenos Aires, Santiago de Chile o Río de Janeiro. Si este concierto sale bien, no nos sorprendería que productores de artistas como U2, Coldplay, y otros, se animen a venir ya que Roger Waters estuvo aquí". Y gracias a ellos fuimos felices para siempre durante dos horas y cuarenta minutos en el lado oscuro de la luna.





3 comentarios:
En este momento podría decir algo así como "ohh, que lindo mi topito cegatón"...jaja, pero no. Creo que lo más importante es que te respeto mucho, que te valoro muchísimo y valoro todo lo que haces y cada pasito que das cada día para ser mejor. Me encanta tu texto casi tanto como me encanta la música Floyd. Leerte fue vivir un poquito de nuevo contigo ese concierto. Te va a ir muy bien Shaparrita, Súmale más chamba a tu innato talento y tendremos una gran periodista en ti. Te quiero mucho,mi amor.
Mi queridísima quemada:felicitaciones,muy buen texto y pese a que no soy fanática,ni mucho menos de R.W.he vivido por unos momentos un poquito de lo que pasaste tú aquél día.
La práctica hace al maestro y a ambas nos falta mucho por aprender,espero seguir contigo en el camino y obviamente...tmb tu hígado esta super invitado.
Tenemos pasta!!de la PBC, de hecho!
Definitivamente una leyenda del rock como Roger Waters pisó suelo peruano, algo impensable hace un tiempo o mejor dicho en la imaginación de algunos sólo era posible, supongo que tú fuiste uno de ellos.
La visión de algunos empresarios a cambiado algo, pero como bien dices, después de esta experiencia bandas y solistas de calidad se animarían a tocar aquí. Ya pasó un año de ese 12 de marzo del 2007 y la verdad me sobran dedos de una mano para decir que efectivamente Perú -bueno Lima- es una buena plaza para grandes conciertos, ¿cuánto más hay que esperar?, la verdad mucho se ha dicho, pero poco se ha visto.
Buena crónica "primita",en redacción me llevas años luz de ventaja.
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