jueves 22 de enero de 2009

YO COMERÉ LAS CALLES NUEVAMENTE: CRÓNICA LIMEÑA DIZQUE GOURMET

Los protagonistas de esta historia no serán Gastón Acurio ni pretenden parecérsele, pero sus comensales sí que devoran como el gordo Gonzales en su programa del canal 11. Aquí, el nuevo tour gastronómico del centro Lima a través de su comida en carretillas y la vida de sus ‘chefs’. Cuatro historias para chuparse los dedos.



Para algunos, comer en la calle y con la mano es algo inconcebible. Otros sólo lo hacen para devorar anticuchos, picarones, sánguches o canchita esperando el micro, pero de eso no pasan. Sin embargo, existe un importante número de limeños que diariamente inundan las principales arterias del centro de Lima (incluyendo taxistas) y que viven exclusivamente de la comida que los carretilleros ofrecen.


Suspiro de limeña

Estamos en la avenida de las ópticas y miles de ojos nos acosan así como vendedoras nos suplican que entremos, aunque sea, a “comparar precios, señorita”, mientras nos llenan las manos con volantes.

Novata en la zona, Haydé Pérez, se ha adaptado bastante bien al concurrido Jr. Huancavelica, pero mejor se han habituado las trabajadoras a sus mazamorras y arroces con leche en estos tres últimos meses. Creo que ella lo sabía perfectamente y por eso decidió instalarse en el cruce con Rufino Torrico. Haydé Vive con su esposo y con sus dos hijos de doce y cinco años. Se mantiene de lo que su esposo saca en un puesto de frutas en el mercado y de los cien vasitos de clásicoualianza que diariamente vende a un sol. Decidió vender mazamorras porque “es lo que mejor me sale, mis hijos siempre me lo han aplaudido”, nos dice acomodando la canela en polvo y una lata abierta de leche condensada “nesclé, que es de mejor calidad”.

Mientras terminaba de cucharear mi vasito, noté que de rato en rato se le acercaba un chico de 14 años, aproximadamente, a hablar en secreto con Haydé. Pensamos que nuestra presencia les molestaba. Pero de pronto, cuando nos disponíamos a tomarle una foto, el niño gritó “¡camión, el camión!” y corrió a ayudarla a esconder su carrito en una de las ópticas hasta que el serenazgo pasase.

Decidimos entonces acercarnos al pequeño que hacía las veces de campana, no sólo para su tía sino también para otras vendedoras informales de la zona. Su nombre es José y nos cuenta cómo ha visto muchas veces que “se levantan a la gente en peso y no les devuelven sus cosas. Encima hay que pagar 300 soles para que te las devuelvan”. Haydé agrega que no puede sacar permiso, no sólo por la falta de dinero, sino principalmente porque está prohibido vender en la calle, sólo dan permiso en determinados cruces “que ya están ocupados” y en zonas específicas como la Alameda Chabuca Granda “donde ya hay mucha competencia, pues”.

A pesar de las corridas, en los 10 minutos que estuvimos juntas vendió 8 porciones, más tres deliverys a tiendas que a grito pelado le pedían un combinado.


La niña churra

No quiere decir su edad, pero su nerviosismo y su rostro de facciones aún firmes nos delatan que Jessica Flores no debe pasar los 22 años. Tal vez por eso pone tanto énfasis y cuidado al freír sus ‘churritos especiales’ y también será por eso que antes de contestarme me mira, baja la cabeza, ahoga la risa, y sonríe grande-grande.

Ella está siempre en la misma esquina, en el cruce de la avenida Tacna con calle Ica, desde las tres de la tarde. “A esa hora recién se vende bien, no ves que la gente ya almorzó y quiere su postre pues”. Ella trae su masita lista y enrollada desde Caquetá, donde vive con su tía quien le enseñó a prepararlos y quien también vende churros cuadras más abajo, como quien se dirige a la Plaza San Martín. Jessica asegura que ella y su tía venden, individualmente, 200 churritos al día. O sea que, sin contar la inversión, saca 100 soles diarios.

- ¿Por qué vender churritos?

- Porque es lo que más da. Y me salen bien ricos porque tienen un algo que otros no tiene pues, su secretito ¿o a ti no te gustaron?

Por lo visto vendedoras modestas escasean por esta zona, pensaba mientras ella seguía afirmando sus destrezas como repostera de a china. Si bien por ahora dedica todo su día a su puesto, me revela que le encantaría estudiar gastronomía. Durante los 5 minutos que conversamos (porque a pesar de ser un solo de sonrisas engullidas es, sobre todo, chuncha) vendió 4 churritos.


Los huevos de oro

Lo vi merodear el Jr. Huancavelica, mientras entrevistaba a Haydé, con su hija quien iba en brazos de su esposa; pero cuando lo encontré, estaba parado, solito, pelando huevos de codorniz, en la cuadra cuatro de Emancipación.

Ricardo Roca es de Apurímac y conoció a Miriam (huancavelicana) hace cuatro años en el mercado de Sarmiento. Ella vende también huevitos de codorniz, acompañada de Rosmery, su hija de dos años, por la iglesia de las Nazarenas.

Ricardo solía vender helados Artika en verano, pero el cambio de estación lo obligó a cambiar de rubro con urgencia pues el frío de esta tesmporada no es el mejor mercado para los helados. Ingresó en el negocio hace un mes y medio gracias a unos amigos que le pasaron el dato sobre una señora que tenía criadero de codornices y que necesitaba vendedores. Aunque su verdadero plan era taxiar (ha sacado su brevete hace pocos meses), la falta de experiencia le impide poder alquilar un auto.

Vende 150 porciones al día (6 huevitos por un sol). Tiene que tratar de vender lo más que pueda ya que para que el negocio le sea rentable debe comprar los huevitos por millar, lo que significa una inversión de 100 soles. Pero dice tener planeado regresar a su pueblo, con toda su familia, a trabajar en una mina. Ojalá lo consiga, pues mientras conversábamos sólo vendió una porción: la mía.


La banda de Choclito

Alejadas de las tiendas, en la cuadra 11 del Jr. de la Unión, encontramos a Lorena y su mamá quien rotundamente se negó a salir en la foto. De las entrevistadas, son las única que poseen permiso municipal y que además están asociadas a “Asocholima: Asociación de choclitos de Lima” desde hace tres años.

Como es de suponerse, venden choclo solo (‘solveinte’), choclo con queso (‘solsetenta’) y papita con huevo (sol). “Vendemos comida por dos razones: primero porque nos dimos cuenta que en esta esquina daban permiso para casi todo; y segundo porque es algo nutritivo y mucha gente se alimenta a diario de lo que vendemos, para muchos esto es su almuerzo y su cena. También vendemos habitas, pero hoy no he traído, sábado no sale mucho”.

Aunque aseguran que los sábados hay menos ventas, generalmente venden 200 choclos al día y 100 porciones de papa con huevo. Juntas cocinan todo, incluidas las salsas de rocoto, huacatay y huancaína picante, para repartirlo entre su carretilla y la de su papá. Así, la familia ahorra 300 dólares mensuales. “Queremos comprar un puesto en la Avenida Argentina para hacer menús y crecer”.

La cuenta final de sus ventas fue 14 choclos y 6 porciones de papa gracias a un importante número de taxistas que a su lado se estacionaban. Caseritos que le dicen.

Estos cuatro personajes viven y mantienen sus familias de sus ventas de comida. A todos, el alza de precio los ha afectado por igual. Aseguran no pueden incrementar los precios ni hacer porciones más pequeñas porque simplemente ya no les compran. Pero más allá de aquellos datos que podrían producirnos cierta lástima (y que no es en absoluto el trasfondo de esta crónica), si empezamos a hacer cuentas confiando en los datos brindados, estas personas ganan mejor que uno. Llegan a sacar 100 y 150 soles diarios, lo que haciendo un poco de matemáticas se traduce entre 3000 y 4500 soles mensuales. Creo que erré de profesión.




¿Qué les provoca, dulce o salado? Comer en la calle, más específicamente, en carretilla, nada tiene de malo ni de sucio ni de dañino. Por el contrario, nos ofrece un sinfín de sabores, según el antojo, además de la ventaja de encontrar carretilleros en cada esquina. A quien ahora leen, lo probó todo, sigue viva, y gastó exactamente S/.5.70. Además puedo avalar la limpieza de cada carrito (u agachadito, si lo prefieren) y sentirme satisfecha con las generosas porciones servidas, no como las ridículas raciones que sirven en aquellos restaurantes que se jactan de ser gourmet. Hoy tratamos de reivindicar a toda esta gente que vende comida en carretilla vanamente menospreciados.



*Nota 1: Los personajes de las fotos son reales y fueron tomadas por Eliana Fry (o sea, yo).

*Nota 2: Un especial agradecimiento a Xixo por transformar el extraño formato en que se encontraban dichas fotos para poder ser colgadas en este post.

7 comentarios:

OjosLuminosos dijo...

que buenaaa me gustó mucho tu crónica sacha gormet limeña la verdasita, yo siempre he sido fan d las carretillas, no hay lugar q visite ya sea en peru o en otros lugares q al toque no mas me da curiosidad de saber que venden en ésas carretillas. A lo AnTony Bourdain en cable. Que vivan las carretillas d madrugada, de dia d noche, con sus potajes criollasos y eso si bien caseros y limpiecitos. y yo tambien sigo vivita y coleando. Hay q tener buen ojo no má casera.

Jose dijo...

Me atrapó. Provecho Eliana, sigue así.

Chinaski dijo...

tan lejos, y tan cerca... un gran abrazo!!!

Rising from my Ashes dijo...

I love your blog...its so real. Please dont forget to bring me backl as soon as you update.

Alexa dijo...

Que paja, Eliana. Sigue actualizando tu blog para entrar peeeeee amiaaaa. jaja

un besote.

Boabdil dijo...

Buenas noches, es la primera vez que visito este blog y esta crónica me pareció muy interesante ademas que quien imaginaria que el negocio de las carretas fuere rentable, estoy sorprendido de eso. No se si Ud. se dedique al periodismo o una actividad afín pero realmente me sorprendió su articulo, Saludos.

augusto rubio acosta dijo...

me ha gustado mucho tu crónica. yo también suelo dar una vuelta por las calles cada cierto tiempo y recoger historias y personajes similares.
un saludo 2.0