lunes, 27 de diciembre de 2010

EL FABULADOR DE LA PINTURA

Bajo un cielo inmortal y lóbrego como nuestros desiertos costeños, un perro calato se enamora de aquella deslumbrante luna que sola reina. Muerto de amor, una noche el perro resuelve volar hasta el espacio a encontrarse con ella. Ambos desaparecen y en la intimidad se unen. A los nueve meses baja la luna a nuestra costa, dando a luz al pueblo Chimú. Así son las obras de Alberto Quintanilla, un verdadero escultor de mitos para quien “todo es curioso, todo es atractivo, todo es enigmático”.

De pronto nos condujo por un pequeño pasadizo, abrió la otra puerta y nos invitó a pasar. Nuestros ojos se sorprendieron incrédulos. La respiración se nos cortó en espasmos. Frente nuestro teníamos cuarenta años de trabajo de un solo sopapo. “¡Pasen!, no se queden ahí parados”, nos dijo el pintor Alberto Quintanilla, pero en su rostro se develaba esa sonrisa chueca de quien está vanidosamente orgulloso de impresionar a una periodista y su fotógrafo con su imponente y lumínica obra. Caímos en cuenta, cerramos las mandíbulas y nos abrimos paso por un bosque de estatuas de fierro de hasta cuatro metros de altura. Estábamos en su santuario y, según nos confesó, “así no más no invito a pasar a nadie”. Estábamos de suerte.

Diablos en triciclos, danzantes de tijeras circenses, azul, rojo y verde. Perros calatos naranjas, personajes de tres rostros, Yawar Fiesta y Tahuantinsuyo. Cuernos, cachos, turquesa, rosado y púrpura. Todo el colorido imaginario de Quintanilla nos inundaba y envolvía. Por ello nos llamó la atención que su más reciente muestra –un esfuerzo conjunto de la Universidad San Marcos y Alas Peruanas- se titulara “Blanco y negro”, donde los grandes formatos en tinta china, carboncillo y pintura negra son los protagonistas de este juego del claro-oscuro. “Esta vez he querido ser claro y directo”, me dice este cusqueño radicado en Francia.


EL QUE ATIZA EL FUEGO

En parte de tu biografía leí que empezaste a pintar a los cuatro años, ¿es esto cierto?

Tal vez haya exagerado un poco pero a esa edad sí pintaba y tallaba. Pero he tratado de hacer las cosas con convicción. Me aclaré poco a poco. Me di cuenta que podía hacer esto y aquello. Cuando entré a Bellas Artes, ya había hecho todo, me decía que sólo era un pasaje más.

¿Y esto no te hizo sentir como un genio, alguien con un don más que especial?

No, ¿por qué? Yo sólo hago lo que sé hacer bien. A veces me obsesiono tanto trabajando una escultura, por ejemplo, que no sabía si mi cabeza dirigía mis manos o si mis manos eran manos inteligentes que hacían las cosas solas.

Cuando joven, ¿sentiste la necesidad de salir del Cuzco, de venir “a la capital”?

Sí, sentí necesidad porque el Cuzco ya me quedaba bastante estrecho. Yo tenía más ganas de volar y de cultivarme más. La primera vez que vine fue solo, en 1950, a ver el mar. Yo era portador de una carta para Juan Manuel Ugarte Eléspuru y eso me permitiría hablarle, presentarme. Luego dijo de mí que era un muchachito precoz, un excelente artista joven.

O sea que la primera persona con la que te encuentras en Lima, ¿fue con él?

Sí y me llevaron a la playa, a ver el mar, me invitaron almorzar, en fin, me quisieron como un hijo. Si hubiera venido antes, quizás él y su esposa me adoptaban. Pero yo tengo mi madre, mi familia. Pero para qué, el viejito siempre se portó excelente conmigo. Luego de tiempo, él me hizo recordar que ese primer día yo dije, al mirar el mar: “asu, tanta agua y no poder beberla”. Me dijo que fue ahí que se dio cuenta de las grandes ambiciones que yo tenía.

¿Llegaste con miedo?

No vine a Lima con miedo pero me volví con miedo porque conocí el sarcasmo, el desprecio, la gente se burlaba de cómo hablaba yo. Sucede que llegué a una Lima totalmente racista que vivía de espaldas al resto del Perú. Y cuando me fui becado a Francia en el 60, mucha gente dijo: “Quintanilla se va a perfeccionar a Europa”, pero de qué imperfección estamos hablando que me tengo que perfeccionar. Yo no puedo callarme, no tengo miedo. Busco la libertad diciendo las cosas claras, por eso esta muestra la titulé así. Es que yo soy el que meto el dedo al fuego y me hago de enemigos pero nadie me va a silenciar.


LA SOCIEDAD DE LA CULTURA MUERTA

Estoy en el décimo piso de un edificio macizo como un roble que debe tener la edad de mi madre. El ruido de Jesús María a las cinco de la tarde no nos alcanza. Es que ésta se ve apabullada por la efervescencia de Quintanilla, quien, aunque sentado, me habla a brazos en jarra y con el ceño eternamente fruncido. Debí prevenir que sus impetuosos gestos serían el exordio de una de sus primeras máximas de la noche: “¡Es que este país no tiene plata para la cultura! Mira cómo se mueren en la miseria nuestros poetas, ¿quién los lee? Es que no tenemos costumbre. Allá en Europa las familias compran tres, cuatro libros por mes.” Touché. Tenía razón.

Ya en 1963 Pablo Picasso dijo sobre él que “Alberto Quintanilla es el primer aporte peruano a la pintura universal”. Como quien lo corrobora (¿acaso Picasso miente?) seguí caminando por su departamento mientras él posaba para el lente también maravillado de Alonso, a quién de adolescente, su padre le obsequió un cuadro de Quintanilla.

Por donde mire, todo a mí alrededor es arte en todas sus manifestaciones. No debería sorprenderme tomando en cuenta que esa noche conversaba no sólo con un pintor, sino también con un escultor, grabador, litografista y hasta músico. “He cantado en cabarets y junto a gente profesional como Violeta Parra o Paco Ibañez. Incluso tuve temor de ser cantante y no pintor”. Y es que para él, pasar de una disciplina artística a otra es enteramente natural. “Lo hago automáticamente, no tengo trabas. Es que un tipo que no sabe la técnica no sabe nada”, me dice mientras acaricia sus pinceles.

Así, los frisos están decorados con máscaras de cuero elaboradas en sus ratos libres. En la mesa de la esquina, al lado del ventanal, me encuentro con cerámicos y vasijas Chancay, Moche y Chimú. Más allá, sobre uno de los libreros que alberga líneas de Javier Heraud, Eloy Jáuregui, Antonio Muñoz Monge, Carlos Thorne, José María Arguedas, Max Uhle y José Luis Ayala, me encuentro con una colección de animales salvajes hechos del cartón de los rollos de papel higiénico, pepas de palta o de mango. “Todo lo que “no sirve” yo lo transformo en arte”. Le creo.

¿Qué significa el Cuzco para ti?

El Cuzco es un enigma, es siempre un misterio pero de portentosa fuerza. Yo quería emular a esos hombres, a esas piedras. Yo solía leer desde muy niño, echado en Sacsayhuamán. Esto es parte de mis ancestros y tengo que corresponder a eso, debo dar al mundo lo que dieron nuestros hombres.

¿Qué le brindó a tu obra el ser restaurador?

Fui alumno de Julián de Tellaeche durante tres años en el Convento de San Francisco, quien me ayudó a perfeccionarme en restauración de cuadros antiguos de la Escuela Cusqueña. Aprendí a analizar los colores de manera más científica, comprendí qué es un arrepentimiento en el dibujo. Mi carrera de pintor comenzó con esta etapa, aprendía liberarme. Y es que nosotros tenemos maravillas para inspirarnos, por qué tendríamos que imitar.

¿Cómo definirías tu lenguaje pictórico? Algunos te catalogan de abstracto, ¿qué opinas?

En este país concreto yo no quiero ser abstracto, la abstracción para mí no existe. Esos son problemas de Europa, allá ellos con su ensalada, que se sigan rompiendo la cabeza resolviendo la cuadratura del mundo. Pero yo soy un cusqueño, un peruano que estoy construyendo mi nueva cultura, lo que podríamos ser porque somos un mestizaje que no quiere aceptarlo aunque muchos sienten que en Europa es una carta de presentación ser indio, ser “descendiente de inca”. Yo no puedo seguir la pauta de los pintores europeos. Yo tenía que llevar una connotación artística distinta, original. Finalmente me catalogaron de osado, interesante y sorprendente. Mis colores daban puñetes en el estómago. Yo sorprendo con mis colores, con mi perro botando fuego por la boca.

¿Cómo ves la actual escena plástica en nuestro país?

Aunque es cada vez mayor, noto una repetición de temas. Hay mucha confusión. Hay demasiadas presentaciones o instalaciones, una moda que ya pasó pero que acá siguen insistiendo. Además, estos chicos no investigan, no leen. Esta nueva generación tiene que hablar más de nosotros, no del resto. Mira a Leslie Lee, ¿qué ha hecho por Bellas Artes? Nada, además es un tipo que ni sabe dibujar. Eso es malo, la Escuela ha caído en decadencia total. Yo no quisiera que esta gente sienta que yo estoy adolorido, envenenado, ¡no! Yo vuelvo sistemáticamente a mi patria, no me he muerto, mi espacio vital está acá.

Pero para muchos eres un peregrino

Y qué quieren, que me quede a morirme de hambre. Yo vendo mi obra en Europa y vengo a gastármelo acá.


EL DESCANSO DEL GUERRERO

Aunque siento cierta decepción y amargura en sus palabras, hoy Alberto pasa apacible sus días en Francia. Trabaja constantemente en un inquebrantable proceso de creación y está próximo a exponer en Berlín. Son casi las ocho de la noche. Nos hemos quedado solos y el fervor con el que me recibió ya se contrajo. Tal vez se deba a aquella artrosis en la pierna derecha que debe operarse. Y mientras me canta líneas de Agustín Lara, me cuenta que su hijo mayor falleció el año pasado, una ablación aún difícil de sanar. “Casi me da un traumatismo”, dice mirando a la nada.

Sin embargo, aún le quedan fuerzas para seguir exigiendo por nuestro futuro cultural. “Espero que en el MAC de Barranco pongan gente adecuada. Pero comenzaron con un bla, bla, bla sobre cómo había que llamarlo. Querían que sea Museo de Arte Contemporáneo Fernando de Szyszlo, pero qué ha hecho ese señor. Es el símbolo de la inteligencia estética del Perú pero no todo el arte está concentrado en Lima y su élite.”

El de Quintanilla es un mundo donde la música posee color, donde el tiempo se pasa como en el circo, donde los animales tienen alma sideral y donde las fábulas se cuentan en quechua. Sin embargo, su mundo es un transitado laberinto donde a todos nos es fácil reconocernos.



*Texto original del artículo publicado en la revista Asia Sur Nº 83.

*Ilustración: Dominique Millán.

*Foto: Alonso Molina.